(Corresponsalía Buenos Aires) – El PAMI aprieta a los más vulnerables con una burocracia inhumana: los celíacos, entre los nuevos rehenes del ajuste
En un nuevo capítulo del ajuste despiadado que lleva adelante el gobierno de Javier Milei, el PAMI volvió a poner contra las cuerdas a los jubilados, esta vez con un insólito y cruel requisito: los afiliados celíacos deberán atravesar una verdadera odisea burocrática para seguir cobrando el mismo subsidio congelado desde hace meses.
El “Subsidio económico por celiaquía”, lejos de actualizarse frente a una inflación galopante, permanece clavado en $38.154,60. Pero lo más grave es que ahora se exige una serie de estudios, certificados y documentación médica compleja, imposibles de gestionar para buena parte de los adultos mayores, sólo para seguir accediendo a lo mismo.
Detrás de un discurso de eficiencia y control, el Gobierno ejecuta una política despiadada que tiene como objetivo explícito recortar beneficios a quienes más los necesitan. Los subsidios por razones sociales, que antes eran una garantía para los jubilados sin recursos, se convirtieron en una carrera de obstáculos diseñada para desalentar el acceso.
UNA BARRERA DIGITAL Y FÍSICA
El trámite online es una de las principales trabas. Según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), el 36,1% de los adultos mayores no usa internet, el 81% no maneja una computadora, y el 21% apenas sabe utilizar funciones básicas del celular. Para muchos, completar una gestión virtual equivale a quedar directamente excluidos del sistema.
Pero tampoco se puede escapar a la trampa yendo en persona. Más del 40% de los mayores sufre algún grado de discapacidad que impide movilizarse con autonomía. Es decir: el trámite es virtual o presencial, pero imposible de cumplir en ambos casos.
TRÁMITES HUMILLANTES, DERECHOS EN JAQUE
El Gobierno libertario se empecina en revisar con lupa quién merece qué. Los requisitos son cada vez más exigentes: para recibir cuatro míseros medicamentos gratuitos, el afiliado debe demostrar una vulnerabilidad que lo exponga al límite de la indigencia.
Si necesita más de cuatro medicamentos, tendrá que peregrinar hasta una agencia del PAMI con un informe social, una escala de vulnerabilidad sociosanitaria, revalidaciones médicas y un cúmulo de papeles que en la práctica se convierten en un filtro para denegar la ayuda.
Incluso en enfermedades severas como el cáncer, los requisitos no se alivian: receta electrónica, formularios especiales, historial clínico detallado y documentación respaldatoria. En el país del ajuste perpetuo, ni siquiera el cáncer alcanza para convencer a las autoridades de que se necesita un tratamiento.
LOS CELÍACOS, EN LA MIRA
Para los pacientes celíacos, la nueva normativa exige biopsias, estudios serológicos y certificación médica especializada. Todo esto para recibir el mismo monto congelado mientras los alimentos libres de gluten aumentan mes a mes.
En lugar de usar la base de datos del Estado para filtrar automáticamente a quienes tienen altos ingresos, prepaga o propiedades de lujo, el Gobierno eligió aplicar un mecanismo perverso: exigir a los más pobres que prueben su pobreza una y otra vez. Mientras tanto, los sectores más pudientes sortean con facilidad estas reglas.
UNA AYUDA QUE LLEGA TARDE Y MAL
Como si se tratara de una limosna electoral, el Gobierno se jactó de anunciar una ayuda económica para jubilados y pensionados, mayores de 70 sin jubilación y excombatientes de Malvinas. Pero no hay montos ni plazos, y mucho menos certezas de continuidad. Todo indica que se trata de un gesto simbólico para intentar maquillar el ajuste.
AJUSTE SELECTIVO, CRUEL Y SISTEMÁTICO
La estrategia es clara: asfixiar presupuestariamente al PAMI y trasladar la crisis a los afiliados. Con excusas de control y eficiencia, el Estado se retira de su rol de garante del bienestar y deja a millones de personas a la deriva.
Bajo la administración Milei, los derechos se transformaron en beneficios condicionados. La salud, en un privilegio. La jubilación, en un castigo. Y los viejos, en ciudadanos de segunda.
La motosierra no se detiene. Y el jubilado argentino, que trabajó toda su vida, es hoy víctima del experimento más brutal de deshumanización estatal que se recuerde en democracia.