Anoche fue Eid al-Fitr para los musulmanes, el último crepúsculo de la edición 2026 del Ramadán, momento central del credo islámico. Siempre ha sido una fiesta y esta vez también lo fue, pero detrás del brindis reparador, tras 30 días de estricto ayuno, algo dejaba sentir que un viento fuerte no lograba despejar el cielo denso de tormentas de dos mil millones de fieles. Las próximas, las lejanas.
“Oh Al-lah, he realizado el ayuno por Ti. Creo en Ti y pongo mi confianza en Ti y termino el ayuno con lo que me has proporcionado”, dijo el Imam en árabe, y todos los asistentes lo repitieron cavernosamente aquí, en varias mezquitas, y en las de todo el mundo, cada uno en el minuto preciso de su huso horario.
La bajada de bandera del comienzo del Ramadan —este año, el 17 de febrero—, en el noveno mes del año lunar que los musulmanes heredaron de los sumerios, la da el Comité de Avistamiento de la Luna en Arabia Saudita. Son expertos que se congregan para pispear con un ojo entrecerrado la belleza de Selene en los observatorios astronómicos y clavar los ojos en el satélite durante 20 minutos, porque cada instante del primer cuarto creciente cuenta, es simbólico.
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Ramadán entre los musulmanes
Como si fuera su propio 31 de diciembre y para evitar asincronías, los musulmanes están digitalizados: se guían por una app que les indica el instante preciso en que los expertos del Comité ven despuntar el amanecer: de inmediato, les llega la orden de la largada del Suhur, el ayuno diario; también reciben por teléfono el segundo exacto del cierre cotidiano, cuando el sol se oculta tras 12 horas de luz.
Media jornada es tiempo suficiente para reflexionar más que de costumbre, no hacer daño a hombres ni animales, prescindir del sexo, los chismes, las mentiras, las comidas e incluso el agua. Un plan colectivo de lucha personal e introspección social para que purezas y plegarias sentidas reacomoden cada cosa del mundo en su debido lugar. Una Odisea, pero sin las trampas de Ulises.
¿Por qué lo hacen? ¿sigue igual desde hace 14 siglos? Se practica para agradecer a su dios, Al-lah (Alá), la revelación de su palabra viva —El Corán— al profeta Mohammad.
¿Quién no recuerda la famosa frase atribuida a Francis Bacon: “si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma”? Muchos seguramente, pero mejor olvídenla. Las frases brotaban con mucha facilidad de la boca de un londinense verborrágico del siglo XVI, pero a ojos musulmanes, “Mahoma” es una muy deplorable traducción de su figura central; evitémosla.
En la misma línea, cuando se menciona al Dios islámico, Al-lah, debe agregarse un paréntesis con el siguiente buen augurio: “la paz y bendiciones de Dios sean con él”. A riesgo de dar una mala impresión ya de entrada, aviso que no lo haré y me doy por condenada.
El Corán es la razón de ser de un musulmán. Su libro sagrado se compone de 30 partes y 114 capítulos, una revelación descomunal, en comparación con los 10 mandamientos que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí y que, se nos dijo, ya venían incluso escritos sobre una tabla.
El santo profeta Mohammad era un pastor analfabeto y Gabriel le reveló todo el Corán -en árabe-, a lo largo de 23 años»
Más sorprendente aún son los detalles de la escena: ante Mohammad aparece una figura muy conocida para los católicos, el Ángel Gabriel, el mismo que le anunció a nuestra virgen María que sería la madre de Jesús. El mundo está lleno de milagros y misterios.
El santo profeta Mohammad era un pastor analfabeto y Gabriel le reveló todo el Corán —en árabe—, a lo largo de 23 años. El Elegido dictaba palabra por palabra a los escribanos que él mismo fue seleccionando sucesivamente para la tarea.
Esas revelaciones fueron escritas y memorizadas por miles de musulmanes contemporáneos a Mohammad. Aun así, el Islam considera que el texto que se conoce actualmente es el original, sin modificaciones.
Hablando la gente se entiende, demostraron los máximos líderes religiosos del mundo
El Corán habla de muchas cosas: economía, ciencia, sociedad, política, historia, biología, naturaleza, genética, mujeres, astros, evolución e incluso la vida en otros planetas. Además, “es una guía para la humanidad”. El Islam, lejos de negar la veracidad de la Biblia y de la Torá (Torahm en hebreo), legitima los textos sagrados de las otras dos religiones monoteístas.
Para comprender mejor el universo de los musulmanes y su Alá, fui a la sede de la Comunidad Musulmana Ahmadí Argentina, sobre la calle Darregueira, que no es una montaña, pero tiene una mezquita que mira al Oriente.
“Amor para todos, odio para nadie”, desea su lema de cabecera ya desde el umbral de la sede que estos ahmadíes tienen en Argentina, una entre las 200 que se distribuyen por diversas ciudades del mundo. Este grupo, que nació como desmembramiento del islamismo sunita, representa sólo al 1% de los musulmanes; parece poco, pero estamos hablando de 20 millones de almas. Con ellos fui a vivir el fin del primer Ramadan de mi vida.
Aunque en Argentina todavía son bastante pocos, el mensaje ahmadí hace ruido y llegó hasta el Vaticano. El Imam Marwan Sarwar Gill, anfitrión jerárquico y teólogo de la mezquita argentina, es la mayor autoridad local.
El Islam, lejos de negar la veracidad de la Biblia y de la Torá, legitima y valida los textos sagrados de las otras dos religiones monoteístas»
Como todo musulmán genuino, Gill es un pacifista. Fue invitado varias veces a la Santa Sede, tanto por el Papa Francisco —que religiosamente esperaba sus alfajores Havanna— como por el Papa León XIV. Desde Argentina, también instaló en la agenda de la OEA el tema del diálogo interreligioso entre judíos, católicos y musulmanes como prioridad mundial.
Si los musulmanes tienen en Gill su propio John Lennon en Argentina, era necesario compartir un Ramadán con los ahmadíes para darme cuenta de que son la comunidad del Let it be.
Una católica entre musulmanes
“Si un hombre comienza con certezas, terminará con dudas; pero si se contenta con comenzar con dudas, terminará con certezas” se cree que dijo Francis Bacon. Sólo recordándolo, se comprende por qué “el valor en bolsa de las acciones” de la comunidad Ahmadí va en alza en el mundo árabe.
Casi todos los miembros en Argentina son conversos, un camino que comenzó con años de dudas íntimas y luchas personales. Algunos ahmadíes argentinos tienen un origen “medioriental” extraviado por alguna rama de su árbol genealógico, pero son los menos. En casi todos los casos, su acercamiento al Islam no fue directo —como sucede en Europa o incluso Estados Unidos— sino “de oídas” a través de los medios y las redes sociales.
Su búsqueda fue una faena intelectual (la mayoría de los entrevistados son lectores empedernidos) y en ese sentido se diría que fue un approach con cierto esnobismo. Muy entendible, porque Alá y las enseñanzas de Mohammad (o Mahoma) aquí no son populares.
Entre los musulmanes ahmadíes argentinos hay expertos en seguridad, informáticos, psicólogos, licenciados, traductores públicos, universitarios, profesores, analistas de laboratorio, científicos, estudiosos de las religiones, estudiantes, varias feministas, una bibliotecaria, un técnico en criminalística…, pero ojo, también una empleada municipal, un sindicalista, un electricista cordobés, un pintor, etc. Es decir, predomina la clase media trabajadora, pero la clase obrera es minoría.
Para muchos de ellos, el boleto de ida fue estudiar lengua árabe, que la Comunidad imparte en forma gratuita. Y para llegar hasta acá, donde ahora están, todos se graduaron capitanes de altamar en grandes tempestades, como Ahab luchando contra la ballena blanca.
Nunca me discriminaron ni trataron como ‘rara’ por usar el velo y la túnica musulmanas»
Los escuché, y me salaron los oídos con sus primeras lecciones de introducción al Islam:
-“Cuando ingresé a la comunidad, no podía creer que había gente tan sana, íntegra, sociable y atenta. Pude estar entre personas así, sin fingir que hay que hacer algo para pertenecer a un grupo”, dice una cosmetóloga.
-“En mi trabajo nunca me discriminaron ni trataron como ‘rara’ por usar el velo y la túnica musulmanas”, agrega una técnica superior en papiloscopía, que trabaja en un reconocido hospital público de La Boca.
-“Algunos se cambian el nombre, porque al ingresar al Islam adoptás una nueva identidad, pero no es obligatorio. Yo no quise, me lo dio mi madre con mucho amor, y lo respetan».
-“Mi nuevo nombre lo elegí yo, Faruk, que significa ‘el que discierne entre la verdad y la falsedad’”
-“Yo abro el I Ching en cualquier página y también El Corán del mismo modo y siempre encuentro el espacio justo. El Islam me transportó a un nuevo mundo»
-“A mí me faltan muchas cosas para cumplir con todos los principios islámicos, me considero muy imperfecta”, dice una profesora de gimnasia consciente.
-“Yo sigo pensando que todo lo que hacemos es causa y efecto; yo pasé por varias religiones, pero tengo ‘mano verde’, le pongo amor a mis amigos, mis pacientes, a la mezquita», describe una psicoanalista porteña.
-“Asistí a muchos iftar maravillosos (comida nocturna posterior al fin del Ramadan). La gente está con un vaso de agua en la mano esperando que termine el ayuno, igual que ahora, y eso me emociona… después todo es exuberante”.
-“Hoy hay mucha falta de diálogo y se tiene la boca muy abierta para hablar demasiado y los ojitos tapados; nadie escucha lo que el otro tiene para decir”.
-“Tengo un hermano seis años menor, muy diferente a mí. No sé quién es la oveja negra —se ríe— somos muy diferentes…. Él es deportista, futbolero, tiene 21 e intenta encontrar trabajo, tiene Instagram, pero ya está en el limbo de estar presente en la sociedad y no estarlo”, cuenta el hijo de una maestra y un albañil de Morón.
-“La psicología y la religión no se contradicen, ambas buscan el bienestar, evitar el sufrimiento, aliviar”, agrega la psicóloga.
-“Hay gente que está enferma o sufre y se acerca acá esperando un milagro; el milagro solamente lo van a lograr si están dispuestos a hacer cosas para ellos mismos, para otros”.
-“Yo no veo machismo acá; los hombres ponen la mesa, levantan los platos y a veces también los lavan. ¡No siempre, pero deberían!”.
-“No es por machismo que los hombres se ubican adelante para rezar y todas las mujeres detrás; es porque hay que agacharse y arrodillarse y es preferible, por la posición corporal”.
-“La mayor parte de mi familia es católica, pero yo les decía que en ellos es una religión ‘decorativa’”.
-“El islam me acercó más a mi familia, porque mi relación era conflictiva con ella, me hizo trabajar el don de la paciencia. Soy de libra, tenía un temperamento difícil… se piensa que el pecado en el Islam está en el alcohol, en el cerdo, pero el demonio (shaitán) está dentro nuestro”, explica un empleado de una empresa de monitoreo de llamadas. “Ahí es donde el Islam rompe con una visión más católica, que piensa que el pecado está afuera, algo heredado del mundo medieval español”.
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-“En Irán está el discurso del Gran Demonio (Estados Unidos) y el Pequeño Demonio (Israel), pero cuando hablamos de personas se vuelve complicado. Pero eso es muy humano, creer que el enemigo siempre es el otro. A veces es cierto, los otros traen problemas, pero a veces hay que saber cómo lidiar con ellos”, apunta el profesor de lengua árabe.
-“La castidad y el pudor también son para el hombre; es una cadena que empieza en tus percepciones, sigue en los pensamientos y luego termina en la acción. En el hombre no es obligatorio tampoco usar gorro, pero lo usa cuando reza”, le dejan meter su bocado al Imám.
“Hay hombres que se disfrazan de musulmanes y luego usurpan los derechos de la mujer”
-“En el Islam no hay relaciones íntimas antes del matrimonio, pero no es un mandato que después se castiga si no se cumple. Todo está entre Dios y la conciencia, y cada uno sabrá lo que tiene que hacer”
-“Yo estoy casado con la persona con la que salía antes de convertirme al Islam, y los dos abrazamos esta fe por razones diferentes. El Islam no se mete en la vida personal de cada uno, un clérigo no puede meterse y uno lo resuelve con Dios directamente”.
-“Y si quisiéramos nos podríamos separar…»
-“¡Sí!, el Islam fue la primera religión que permitió el divorcio legal, ya en el siglo VII. Un divorciado se puede volver a casar y las mujeres pueden manejar propiedades, estudiar. Mi esposa nunca camina detrás de mí, eso es algo de cada cultura, no lo dice el Corán en ninguna parte. El Corán es claro al afirmar que la mujer debe recibir educación desde la infancia hasta la muerte. Las mujeres musulmanas siempre estudian, si quieren hacerlo”.
-“Dios dice que en la Tierra se crearon muchas cosas, algunas tienen un propósito. El alcohol genera más daño que bien. Incluso el judaísmo sostiene que podés tomar hasta no embriagarte, porque la bebida alcohólica afecta el córtex prefrontal. Entonces, para un ser humano es muy difícil discernir cuándo está embriagado”, dice una estudiante de medicina.
En Irán está el discurso del Gran Demonio (Estados Unidos) y el pequeño demonio (Israel), pero cuando hablamos de personas se vuelve complicado»
-“Tayeb es ‘lo saludable’. Como el cuerpo es un regalo de Dios, deberíamos hacer lo más saludable y cuidarlo”.
-“En la comunidad también hay homosexuales y no son juzgados. El ‘Amor para todos, odio para nadie’ es un principio de oro y lo aplican en todo. Sólo Dios juzga a las personas. Él creó la sexualidad como forma de expresar el amor y para formar una familia y por eso se prohíben el consumo del alcohol, el adulterio, la homosexualidad… pero es algo íntimo, nadie pregunta, es algo entre cada uno y Dios”.
-“No es necesario vestirse como árabe para ser musulmán. El Corán solo dice que hay que vestirse con modestia, después cada cultura lo adapta. Marwan usa el traje típico de Pakistán y el gorro de Indonesia”.
-“El velo no se impone, como sí lo hacen los regímenes de Irán, Arabia Saudita y Afganistán. La Virgen María lo usaba y es un concepto que también está en el judaísmo. En esta misma cuadra de la mezquita, hay un colegio de monjas y las vemos pasar incluso en verano con el velo, pero nadie dice ‘¡Pobres monjas! ¡mirá lo que les hacen hacer!’. Es lo mismo que la laicidad que se impone en Francia, pero al revés: imponen a la mujer quitarse el velo”.
-“La burka y la nikab son algo cultural en algunos países de Asia, pero no son velos del Islam. El Corán sólo pide a las mujeres cubrirse la cabeza y el pecho; a los hombres, la cabeza, pero nadie te obliga a hacerlo, queda en vos”.
-“Usar velo y optar por una vestimenta no es estar purificados, no es ser perfecta, es sanidad. Estar mal nos enferma”.
-“No importa si la mujer usa minifalda o un velo, tiene que respetarse su libre albedrío. El Profeta estaba con un hombre cuando se acercó una mujer y el hombre la miraba con ojos que la pusieron incómoda; el Profeta giró la cara del hombre y no le dijo nada a la mujer, como diciendo: ‘Tenés que respetarla, con tus ojos, tu actitud’”, cita el teólogo.
-“Elegí a los ahmadíes porque luego de leer los escritos de otras comunidades, vi que tenían conflictos en diversas ramas. Acá hay una postura de razonamiento y rectitud que se basa en las fuentes del Corán, no en líderes ‘barriales’”.
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Me impresionaba ese brainstorming incesante entre camaradas, sin perder su respeto mutuo. Percibí que algunos habrán tenido sus dimes y diretes, pero sus diferencias no los alejaban, al contrario. Cuando lo sienten así, se besan y se abrazan, pero siempre de hombre a hombre y de mujer a mujer (no mixtos) y muchas veces con ojos húmedos o enrojecidos.
Cuando se dirigen la palabra unos a otros, preceden el nombre de cada quien con “hermano” o “hermana”. Ellos son la hermana Edith, la hermana Amina, la hermana Inés, el hermano Faruq, el hermano Nicolás, la hermana Jenny…
Nadie esquivaba mis preguntas insidiosas. Y en este iftar palermitano, una vez que los árabes del Comité dieron por finalizado el ayuno del último día de Ramadán, compartimos café, dátiles y manjares orientales y autóctonos.
Islam o islamofobia
Ninguno de ellos se acordaba con precisión del día en que comenzó a ser ahmadí. “Fue paulatino”, coinciden. Con todo, hay un compromiso escrito que cada nuevo feligrés firma, que detalla 10 “condiciones del bait (iniciación)”.
A grandes rasgos se pide apartarse del adulterio, el orgullo, el libertinaje, la crueldad, la rebelión, toda clase de mal; no dañar a nadie; no apartarse de Dios ni siquiera en la desgracia; ser humildes, cordiales y bondadosos; ofrecer cinco oraciones diarias; preferir la fe antes que lo mundano; elegir la honestidad y la moral; apartarse de las “miradas licenciosas”, la “vanidad” y “la fornicación”.
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En algún momento, el Imam aclaró que no es un intermediario entre Dios y la comunidad. Nació en Alemania (Reutlingen), tiene ancestros en India, orígenes en Pakistán, esposa británica y dos hijos argentinos. Pero sobre todo tiene luz.
“Gran Bretaña dejó varias heridas en India y Pakistán, cuando se retiró de la región en 1947, tras casi 90 años de régimen colonial”, explica Gill a los gentiles como yo. Cuarenta años más tarde, se produce en India un cisma teológico, a partir del tronco sunita: Mirza Ghulam Ahmad se proclamó el Mesías prometido y el Imam Mahdi (guiado) que esperaba la humanidad”, rebobina.
Es decir, Ahmad sería el último profeta que llegó para unir todas las corrientes islámicas divididas —a veces enfrentadas—. Proclamó además que el mensaje de Alá no debía ser exclusivo del Islam sino universal a todas las religiones que debían unirse bajo un único mensaje de paz.
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Sin embargo, los sunitas no lo aceptaron, la mayoría del Islam lo cuestionó y los Ahmadíes fueron proscriptos en Pakistán. Así comenzó su diáspora mundial.
Ahmad falleció en 1908 pero propuso una reforma muy simple, y por eso tal vez tan inaceptable para el resto de sus compadres: volver a la paz y la tolerancia. Empezaron por el abecé: en árabe, Al-lah significa precisamente “paz y sumisión”.
—¿Qué piensa Imám de la crisis en Medio Oriente?
—Hay monstruos que se esconden en el Islam para cometer atrocidades. En cualquier guerra, el peor precio lo pagan los civiles con su sangre y sufrimiento. Para mí Hamas es el diablo mayor. ¿Cómo vas a justificar el asesinato de 20 mil niños en Gaza? ¿Con qué leyes internacionales? Es una doble vara hipócrita: si defendemos la vida de un iraní hay que defender también la de un israelí con la misma fuerza. Es un crimen de guerra en todas partes, así lo dicen el Talmud, la Biblia y el Corán.
También hay que reconocer que el mundo musulmán tiene fisuras, atraviesa una profunda crisis: moral, social, intelectual y sobre todo espiritual. Tenemos muchos monstruos internos que justifican la violencia, el terrorismo, el machismo y las injusticias y distorsionan el credo con el famoso ‘en el nombre de Dios’.
Cuando lo sienten así, se besan y se abrazan, pero siempre de hombre a hombre y de mujer a mujer»
Así enumerado, vienen a la mente las Cruzadas, la Santa Inquisición, las hogueras, la conversión compulsiva que también padecieron los católicos, con recurrentes crisis y cismas.
Convengamos en que “el mundo musulmán no es homogéneo, se expande por más de 50 países y tiene más de 70 escuelas teológicas”, resume Marwan Gill. Y coincide en la complejidad del tablero de operaciones:
—La mayoría de los musulmanes no provienen de países árabes. No existe un país llamado Musulmania y el 80% de quienes profesan el Islam provienen de países en donde la religión predominante no es ésa. Ni Pakistán, ni Irán, ni Azerbaijan, ni Indonesia ni Malasia, ni Bangladesh o Nigeria son países árabes”.
Hoy en día, en Medio Oriente sostienen con una mano el Corán y con la otra, armas y bombas, “entonces quieren imponer una sharía [leyes y normas morales] a una sociedad entera”.
—Hay pensadores y analistas que creen que el Islam conquistará Europa. ¿Eso explica la islamofobia?
—¡No! El Islam es un garante de la libertad religiosa. Siempre se presenta al Islam como el chivo expiatorio. Por ejemplo, hablar del ‘terrorismo islámico’. ¡¿Qué es eso?! El Islam significa ‘paz’, condena el terrorismo. El Corán dice que quien mata a una persona es como si matara a toda la humanidad. Y en el caso de Argentina, no me preocupa tanto la islamofobia o la judeofobia, lo que me preocupa es el odio o la fobia en sí.
“Es más difícil romper las creencias que la estructura del átomo decía un alemán como yo, Albert Einstein, y él era judío”, recuerda el Imam Marwan Gill, antes de despedirnos, ensombrecidos por la incertidumbre del dia después.
ML
